Por la vida de mi madre, cerré los ojos y acepté. Vendí mi alma y mi dignidad a un monstruo.
La boda de la vergüenza
El día de la boda llegó. Se celebró en una gran catedral llena de socialités, políticos y reporteros que Julian había pagado para cubrir “La boda del mendigo y la princesa”. Julian estaba al frente, disfrutando de su obra maestra.
Cuando las puertas se abrieron, entré con un sencillo vestido blanco, con lágrimas cayendo por mis mejillas. Podía escuchar risas e insultos a mi alrededor.
Al final del altar estaba el hombre con el que me iba a casar. Su nombre era Lando.
Llevaba un traje muy sucio, roto y con olor a alcantarilla. Su cabello era largo y desordenado, y su rostro estaba cubierto de barba espesa y hollín. Temblaba y estaba encorvado, como un perro acostumbrado a ser golpeado en la calle.
—¡Dios mío, qué asco! ¡El novio huele como un cubo de basura! —gritó la nueva esposa de Julian, y toda la iglesia estalló en risas.
Cuando llegué al altar, miré a Lando. Esperaba ver a alguien ingenuo, pero me sorprendió cuando nuestras miradas se cruzaron. Bajo el hollín y el cabello desordenado, sus ojos no mostraban debilidad. Eran firmes, tranquilos y ardían con un poder silencioso.
La explosión en el altar
La ceremonia comenzó. Mientras el sacerdote leía las palabras, Julian no dejaba de reír en el fondo.
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