—Vamos —dijo con firmeza—. Te vas conmigo.
Ella dudó.
Su mirada se desvió hacia la puerta, aquel lugar que una vez llamó hogar, ahora nada más que una prisión.
—No tengo nada —susurró.
Diego apretó la mandíbula.
"Te tienes a ti misma."
Una pausa.
“Y con eso basta.”
No llamó a la puerta.
No gritó.
No rogué.
Camila simplemente se dio la vuelta…
Y caminó bajo la lluvia junto a él.
Dentro de la casa, Álvaro observaba.
Brazos cruzados.
Molesto, pero seguro de sí mismo.
—Se arrepentirá —murmuró—. No tiene adónde ir.
Detrás de él, su madre soltó una risa seca.
Déjala. Mañana volverá a pedirte limosna.
Pero esa noche…
Ella no regresó.
A la mañana siguiente, Álvaro se despertó tarde.
No, Camila.
Sin desayuno.
Sin café.
No había ninguna presencia silenciosa que hubiera mantenido su vida en marcha sin que él se diera cuenta.
Frunció el ceño.
“Inútil…” murmuró.
Revisó su teléfono.
Nada.
Él sonrió con suficiencia.
“Ya pasará.”
A las 10 de la mañana, su asistente lo llamó.
“Señor Álvaro… hay una reunión urgente.”
“¿Quién lo predijo?”
“El señor Diego Serrano.”
Álvaro frunció el ceño.
“¿Qué quiere?”
“Dijo… querrás escucharlo.”
Cuando llegó a la oficina, algo no le cuadraba.
El silencio.
Las miradas.
Nadie lo saludó.
Algunos lo evitaban.
Los demás observaban, tensos.
Entró en la sala de juntas.
Diego ya estaba allí.
Sentado a la cabecera de la mesa.
Calma.
Como si perteneciera a ese lugar.
—¿Desde cuándo te sientas ahí? —se burló Álvaro.
Sin respuesta.
—Siéntate —dijo Diego.
No es una sugerencia.
Una carpeta se deslizó sobre la mesa.
“Tu realidad.”
Álvaro lo abrió.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.

