“Vendió todo para poder graduar a sus hijos — veinte años después, llegaron vestidos con uniformes de pilotos y la llevaron a un lugar que ella jamás imaginó.”

Piloto.

Una palabra grande. Costosa. Lejana.

—¿Piloto, hijo? —preguntó suavemente.

—Sí. Quiero volar aviones grandes… como los que salen del Aeropuerto de la Ciudad de México.

Teresa sonrió, aunque por dentro sintió miedo.

—Entonces vas a volar, mijo. Yo te voy a ayudar.

Pero sabía que estudiar aviación era caro. Muy caro.

Cuando ambos terminaron la preparatoria y fueron aceptados en una escuela de aviación, Teresa tomó la decisión más difícil de su vida.

Vendió la casa.

Vendió el terreno.

Vendió el último recuerdo material que le quedaba de su esposo.

—¿Y dónde vamos a vivir, mamá? —preguntó Paolo.

Ella respiró hondo.

—Donde sea, mientras ustedes estudien.

Se mudaron a un pequeño cuarto rentado cerca del mercado. Compartían baño con otras familias. El techo goteaba cuando llovía.

Teresa lavaba ropa ajena, limpiaba casas en colonias más acomodadas, seguía vendiendo tamales y a veces cosía uniformes escolares por encargo.

Sus manos se llenaron de grietas. Su espalda comenzó a dolerle cada noche.

Pero nunca permitió que sus hijos abandonaran la escuela.

AÑOS DE LUCHA Y SEPARACIÓN

Marco terminó primero la carrera de aviación. Paolo lo siguió poco después.

Pero el camino para convertirse en pilotos comerciales en México era largo. Necesitaban horas de vuelo, certificaciones, experiencia.

La oportunidad llegó… pero lejos.

Ambos consiguieron trabajo en el extranjero para acumular horas de vuelo.

Antes de partir desde el aeropuerto de la Ciudad de México, abrazaron a su madre.

—Ma, vamos a regresar —dijo Marco.

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