—¡Mamá Clara!
El grito no fue solo un sonido; fue una explosión. Desgarró el aire, cargado de una angustia tan pura y primitiva que hizo que los pájaros levantaran el vuelo. Clara se congeló. El aire se le quedó atrapado en la garganta. Conocía esas voces mejor que su propia respiración.
Se dio la vuelta lentamente, temiendo que fuera una alucinación producto de su dolor. Pero lo que vio le heló la sangre en las venas y detuvo su corazón por un segundo eterno.
Allí venían Lucas y Mateo. Sus niños. Pero no corrían jugando. Corrían por el medio de la calle, descalzos, con los rostros desfigurados por el pánico y el llanto. Y lo peor no era verlos correr; era ver la sangre. Manchas rojas florecían en sus camisas blancas, en sus brazos, en sus manos. Corrían hacia ella tropezando, desesperados, ciegos a todo peligro, huyendo de la mansión como si escaparan de un incendio, mientras detrás de ellos, a lo lejos, la figura imponente de Don Alejandro corría tras sus hijos gritando con un terror que Clara jamás le había escuchado. Algo terrible acababa de suceder, y el destino de esa familia estaba a punto de chocar violentamente contra el asfalto.
—¡Lucas, Mateo, paren! —bramó Alejandro, con la voz quebrada por el esfuerzo y el miedo—. ¡Viene un auto! ¡Paren, por Dios!
Pero los gemelos no escuchaban. Para ellos, el único peligro no era un coche a alta velocidad o caer sobre el pavimento abrasador. El único peligro mortal, el abismo absoluto, era perder a la única mujer que los había abrazado cuando su madre biológica murió.
Clara vio la escena en cámara lenta. Los niños corriendo hacia ella con una devoción suicida. El padre corriendo tras ellos, con la corbata volando sobre su hombro, incapaz de alcanzarlos. Clara no pensó. No evaluó las consecuencias. Su cuerpo reaccionó con la memoria muscular de la maternidad. Soltó la maleta, que cayó con un golpe sordo, y se dejó caer de rodillas sobre el cemento duro, abriendo los brazos como un refugio.
—¡Niños, mis niños! —gritó, con la voz ahogada.
Los gemelos chocaron contra ella con la fuerza de un huracán pequeño. No frenaron; se lanzaron a su pecho, enterrando sus caras en la tela de su uniforme, aferrándose a su cuello como náufragos.
—¡No te vayas! ¡No nos dejes! —gritaba Mateo, su voz aguda rompiéndose en una súplica ininteligible.
Clara los envolvió con fuerza, cerrando los ojos mientras sentía los pequeños cuerpos temblar violentamente contra el suyo. Pero entonces sintió la humedad pegajosa en sus guantes amarillos. Al abrir los ojos, el terror la invadió. El amarillo chillón se estaba tiñendo de carmesí.
—Sangre… —jadeó Clara, separándolos un poco para examinarlos—. Están sangrando. Santo Dios, ¿qué se hicieron?
Lucas tenía un corte profundo en el antebrazo, una línea roja y abierta donde la camisa se había rasgado. Las manos de Mateo estaban llenas de pequeños cortes y sus rodillas, desolladas, sangraban sobre sus calcetines blancos.
—Rompimos la ventana —sollozó Lucas, aferrándose al delantal de Clara—. Tuvimos que romperla para alcanzarte. La puerta estaba cerrada… Papá nos encerró.
El corazón de Clara se detuvo un instante. Se habían lastimado por ella. Habían atravesado cristales rotos, saltado desde el primer piso hacia los arbustos, solo para evitar que ella se fuera. La magnitud de ese amor la golpeó más fuerte que cualquier insulto. Comenzó a llorar, mezclando sus lágrimas con la sangre de las heridas que intentaba presionar con sus manos enguantadas.
En ese momento, una sombra larga cayó sobre ellos. La respiración agitada y furiosa de un hombre llenó el aire.
Don Alejandro estaba allí, de pie, bloqueando el sol. Su traje italiano estaba arrugado, su rostro rojo de ira y pánico. Pero sus ojos, envenenados por las mentiras de Valeria, no veían el amor en esa escena. Solo veían a una ladrona manipulando a sus hijos.
—¡Suéltalos! —rugió Alejandro. El grito fue tan potente que hizo temblar el aire—. ¡Quita tus manos sucias de mis hijos!
Se agachó con violencia, intentando arrancar a Mateo de los brazos de Clara.
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