—¡No, señor! ¡Cuidado! —gritó Clara, protegiendo al niño—. ¡Lo está lastimando! ¡Tiene vidrios en las manos!
Pero Alejandro no escuchaba. La adrenalina le zumbaba en los oídos. Empujó a Clara por el hombro y ella, inestable, cayó hacia atrás golpeándose la cadera contra el bordillo. Los niños gritaron al ver caer a su nana. Alejandro puso a los niños detrás de él, usándose como escudo humano.
—Llamaré a la policía ahora mismo —siseó, sacando su teléfono con manos temblorosas—. Robo, intento de secuestro, lesiones… Te vas a pudrir en la cárcel, Clara. Te juro que destruiré tu vida.
Clara, desde el suelo, se quitó uno de los guantes manchados de sangre y lo arrojó a un lado. No intentó levantarse. Solo lo miró con una tristeza infinita, una mirada tan profunda que por un segundo hizo dudar al millonario.
—Mire sus manos, señor —dijo con voz suave—. Mire las manos de sus hijos antes de llamar a nadie. Necesitan un médico, no un policía.
Alejandro parpadeó, confundido por la calma de ella. Bajó la vista hacia la mano de Mateo, que él mismo estaba apretando con fuerza. Sintió la humedad. Vio la sangre. Vio los cortes profundos. El pánico de padre sustituyó a la furia.
—Dios mío… —susurró, soltando la muñeca—. ¿Qué pasó? ¿Qué les hiciste?
—¡Ella no hizo nada!
El grito vino de Lucas. El gemelo más callado, el dócil, se plantó frente a su padre con la ferocidad de un león. Sus pequeños puños estaban cerrados.
—¡Tú eres el peligroso! ¡Tú y la bruja de Valeria! —gritó el niño.
—Lucas, no le faltes el respeto a…
—¡Ella robó el reloj! —las palabras de Lucas salieron disparadas como balas—. ¡Mateo y yo la vimos! Estábamos jugando a las escondidas debajo de tu cama. Valeria entró sola. Sacó el reloj de tu cajón, se rio y lo metió en el bolso de Clara. Dijo: “Adiós, estúpida sirvienta”.
Alejandro sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Qué? —balbuceó, su voz perdiendo autoridad.
—¡Y dijo que nos iba a mandar a Suiza! —añadió Mateo, temblando—. Dijo que somos unos parásitos. Que odia a los niños. Dijo que quería que nos fuéramos para quedarse sola contigo y con tu dinero. Dijo que Clara era la única que nos defendía y por eso tenía que irse.
Parásitos. Suiza. Estorbo.
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