La esposa conspira con su amante para dañar a su marido, pero inesperadamente, un pobre muchacho lo arruina todo.
El Arroyo de Niebla
No a todos los salva un adulto.
A veces, la vida te pone una mano pequeña en el hombro y te dice: todavía no te toca irte.
Aquella mañana, el bosque amaneció con una humedad rara, como si la sierra hubiera amanecido con fiebre. En la zona le decían El Arroyo de Niebla, un rincón metido entre montañas de Oaxaca donde la señal del celular no se atrevía a entrar. Allí, el silencio no era ausencia de ruido: era una cosa espesa que te apretaba el pecho si caminabas sin cuidado.
Tomás “Tomy” Reyes, once años, avanzaba por el sendero con un huacal viejo a la espalda y las botas rotas que le heredó un primo. Iba a buscar hongos y quelites para vender en el pueblo. No lo hacía por gusto: lo hacía porque en su casa no había nadie más para hacerlo.
Su abuela, Doña Chela, tenía la rodilla inflamada desde hacía años. Su mamá había muerto cuando Tomy era más chico. Y su papá se iba a trabajar a la obra lejos, regresaba una vez al mes si había suerte, si el patrón pagaba, si el camión no se descomponía.
Para Tomy, el bosque no era un lugar de monstruos. Era un lugar de comida.
Pero esa mañana, el bosque no se sentía como de costumbre.
El suelo estaba resbaloso. La neblina colgaba de las hojas como si pesara. Tomy caminaba mirando hacia abajo, esquivando raíces, cuando escuchó algo que no encajaba.
No era pájaro. No era viento. No era animal.
Era un quejido.
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