Un sonido chiquito, raspado, como si alguien intentara arrancarle aire al pecho con las uñas.
Tomy se quedó clavado. Sintió la sangre subirle a los oídos. En su cabeza apareció la voz de su abuela: “No te metas donde no te llaman, chamaco. En el monte hay cosas que no se miran y se quedan mirándote a ti.”
La primera idea fue correr.
La segunda… fue que si corría, el quejido se quedaría ahí.
Y sonó otra vez. Más débil.
Tomy tragó saliva, apartó con cuidado unas ramas y avanzó, despacio, como si el suelo pudiera delatarlo.
Entonces lo vio.
Un hombre estaba amarrado a un tronco grueso, las cuerdas apretadas cruzándole el pecho y el abdomen, tan tensas que se hundían en la camisa. Tenía la cabeza caída hacia un lado, la cara pálida, los labios reventados por la sed. Los ojos entreabiertos, pero con una mirada que parecía estar lejos, demasiado lejos.
Y pegado a su costado… había algo peor.
Un aparato pequeño, negro, con cables que entraban a la tierra y al árbol, y un módulo escondido bajo hojas frescas, como si alguien hubiera tapado el infierno con un puñado de basura.
Tomy no sabía de explosivos, pero sabía lo suficiente para entender: eso no estaba ahí para espantar.
El hombre no parecía vagabundo. Tenía pantalón bueno, zapatos de piel lastimados pero caros, y un reloj que, aun rayado, brillaba en el hueco de luz que se colaba entre las ramas.
Tomy lo reconoció.
Era Mauricio Quintero, el empresario del pueblo. Don Mauricio, el que llegaba a las reuniones con camioneta y camisa planchada, el que hablaba fuerte y daba órdenes como si el mundo le debiera obediencia.
Tomy sintió que lo había encontrado en el lugar más imposible del mundo.
El hombre abrió un poco más los ojos. Se le clavó la mirada en el niño.
No era mirada de súplica. Era otra cosa: una certeza cansada.
Le tomó varios segundos juntar saliva, juntar aire, juntar voz.
—No… me dejaron aquí… para que me encontraran —susurró.
Esa frase le heló la espalda a Tomy. Porque significaba que aquello no era accidente. Era plan. Era cálculo. Era borrar a alguien.
Tomy apretó el huacal con fuerza. Podía irse. Podía fingir que jamás escuchó nada. Podía volver a casa y seguir con su vida de niño que no tiene tiempo de ser niño.
Pero algo dentro de él se acomodó como una piedra en el pecho:
Si me voy, este señor se muere. Y se muere porque alguien lo decidió.
Tomy buscó alrededor y levantó una piedra de borde filoso. Se acercó a las cuerdas, sin dejar de mirar el aparato pegado al hombre.
—¿Puede moverse? —preguntó, casi sin voz.
Mauricio negó apenas.
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