—No toques eso… —dijo, mirando el explosivo—. Quieren estar… seguros.
Seguros. Tomy sintió un nudo en la garganta. No era “a ver si sale”. Era “que salga sí o sí”.
Empezó a rozar la cuerda con la piedra, despacio, como si tallara un secreto. La fibra era dura. Sus manos temblaban. La piedra raspaba, y él cuidaba cada movimiento como si el aire pudiera detonar.
Mientras Tomy trabajaba, Mauricio comenzó a murmurar, palabras sueltas que se le escapaban como vapor:
—En la cena… Liliana… sirvió el vino… Santiago… se rió…
Tomy no conocía esos nombres, pero entendió la forma del dolor: no era un asalto, no era un secuestro cualquiera. Era traición. Era la casa convertida en trampa.
La cuerda por fin cedió. Un “¡crac!” seco. El brazo de Mauricio cayó, pesado, como si se le hubiera desconectado la vida.
El hombre tosió, se dobló hacia adelante. Tomy lo sostuvo para que no se golpeara.
—Respire, don… respire —repitió Tomy, sin saber si hablaba con él o con su propio miedo.
Mauricio intentó ponerse de pie y se desplomó sobre el niño. Tomy sintió el peso de un adulto entero encima de su cuerpo flaco, y aun así no lo soltó.
—No voy a poder caminar… —dijo Mauricio, desesperado.
Tomy miró atrás: el árbol, los cables, las hojas nuevas. Sintió que ese lugar tenía hambre.
—Sí puede —dijo Tomy, sorprendiéndose a sí mismo por el tono—. Si se queda aquí, se muere. Vámonos.
Mauricio lo miró como si acabara de escuchar una orden de alguien a quien no se le discute. Y obedeció.
Avanzaron a trompicones. Tomy con el brazo del hombre sobre los hombros; Mauricio arrastrando los pies, jadeando. Cada paso parecía un ruido inmenso en aquel silencio.
A los pocos minutos, Tomy levantó una mano y se quedó quieto.
Le llegó, desde lejos, un zumbido intermitente.
No era viento. Era motor.
Uno… dos… tal vez más. Como si alguien hiciera círculos.
—Hay gente —susurró Tomy.
El color se le fue de la cara a Mauricio.
—Volvieron…
Tomy lo jaló hacia una zona de matorrales. Vio la tierra removida cerca de un tronco, hojas acomodadas “bonito”, como la primera trampa.
No era un solo explosivo. Era un mapa de muerte.
Cambió de rumbo sin explicar. Lo llevó cuesta abajo hacia un cauce pedregoso, un arroyo casi seco donde las huellas se borraban fácil.
Y entonces, atrás, un ¡pum! sordo hizo vibrar el suelo.
No hubo fuego grande. Solo polvo y humo entre los árboles.
Mauricio se quedó helado.
—Nos pusieron… otra.
Tomy asintió sin mirar.
—Y nos van a poner más si nos alcanzan.
Llegaron a una vieja bodega abandonada con techo de lámina oxidada, escondida entre maleza. Tomy tiró una piedra al interior y escuchó el eco. Nada más. Entraron.
Dentro olía a humedad y metal viejo. Tomy lo sentó detrás de costales rotos y señaló hacia el suelo cerca de la puerta.
Había un celular con la pantalla estrellada.
Mauricio lo reconoció antes de tocarlo.
—Es de Santiago…
Lo encendió con dedos temblorosos. La pantalla, a pesar de la grieta, mostró notificaciones.
Mensajes. Horas. Nombres.
Liliana: “Ya está. Que no quede nada.”
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