Santiago: “En el arroyo no hay señal. Nadie lo va a encontrar.”
Liliana: “Asegúrate.”
Mauricio sintió que el estómago se le doblaba. La traición ya no era intuición: era letra.
Afuera, pasos. Voces. Dos hombres pasaron frente a la bodega.
—No está —dijo uno, irritado—. Seguro ya se quedó ahí tirado.
—Hay que estar seguros —respondió el otro.
Mauricio cerró los ojos. La misma palabra. Seguros.
Tomy le jaló la manga.
—No podemos quedarnos aquí.
Salieron por la parte de atrás, abriéndose paso entre bejucos. Apenas tocaron tierra, un grito reventó el aire:
—¡Ahí!
Corrieron.
No era carrera de película; era un niño flaco empujando a un hombre medio muerto, atravesando espinas, resbalando en lodo.
Llegaron a un río crecido por las lluvias. El agua corría rápida, café, ruidosa.
—Al agua —ordenó Tomy.
Mauricio quiso protestar, pero escuchó los motores y las voces cada vez más cerca. Entró.
El frío le mordió las piernas. El río tiraba fuerte. A la mitad, Mauricio pisó una piedra floja y se fue de lado. El agua le golpeó la cara. Se le fue el aire.
Por un segundo, lo único que pensó fue: el celular… la verdad… se va a ir al fondo.
Tomy se lanzó sin pensarlo. El agua le subió hasta el pecho. Clavó los pies donde pudo, agarró la manga de Mauricio con las dos manos y jaló con un esfuerzo que le torció la cara.
—¡Míreme! —gritó Tomy— ¡No se suelte!
Mauricio, ahogado, obedeció. Se aferró.
Salieron al otro lado arrastrándose, empapados, temblando. Y arriba, del lado donde estaban los perseguidores, una explosión sorda levantó polvo: una trampa que cerraba el regreso.
—Nos cortaron el camino —dijo Mauricio, sin aliento.
—Pues ya no regresamos —contestó Tomy.
Siguieron bordeando el río hasta que el ruido de los motores se volvió lejano. Entonces Tomy lo condujo a un caserío pequeño, casas dispersas con gallinas y tinacos viejos. No entró directo. Observó. Escuchó.
Luego señaló una casa baja, con plantas en botes.
—Ahí vive Doña Hilda. Fue enfermera. No es chismosa.
Tocó tres veces. La mujer abrió, vio a Tomy, y al ver al hombre empapado detrás, no preguntó “qué pasó”. Preguntó “cuánto tiempo tenemos”.
—Pásele —ordenó—. Rápido.
Doña Hilda limpió heridas, dio suero, revisó pupilas.
—Lo drogaron —sentenció—. Pero ya va saliendo.
Mauricio, más lúcido, tocó el bolsillo interior del saco: el celular seguía ahí.
—No puedo volver a mi casa —dijo, como si al decirlo lo aceptara por completo.
Doña Hilda lo miró con dureza.
—Si vuelve, se mete solito a la boca del lobo.
Tomy, parado junto a la puerta, no celebró nada. Solo dijo:
—Ahora sí, hágalo bien, don Mauricio. No se calle.
Esa frase lo golpeó más que las explosiones.
Esa misma tarde, con ropa prestada y la cara escondida bajo una gorra, Mauricio salió por detrás de la casa. Tomó un camión hacia la ciudad y buscó a un hombre al que casi nadie visitaba: el licenciado Esteban Salgado, un exfuncionario que se había ido por no firmar “cosas chuecas”.
Cuando Esteban vio el celular y leyó los mensajes, no se persignó ni se asustó de más. Solo dijo:
—Esto va a hacer ruido.
—Lo sé —respondió Mauricio—. Pero el silencio casi me mata.
Los días siguientes fueron presión, llamadas, amenazas disfrazadas de “consejo”. Liliana lo buscó con mensajes dulces, luego fríos. Santiago mandó advertencias. Aparecieron notas ambiguas en páginas pequeñas, sembrando duda.
Mauricio no contestó con gritos. Contestó con copias: la información viajó a manos correctas, en lugares distintos, como semillas.
Y cuando llegó el momento, la investigación se activó de verdad.
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